CON VOZ DE MUJER. PATRICIA PAYNE

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En la columna de Patricia Payne escuchamos un relato de Hernán Casciari sobre ser argentino, parte del texto a continuación:

Los veinticinco de mayo —y solamente los veinticinco de mayo— tengo tres conversaciones con mi hija catalana, que tiene once años.
A la mañana bien temprano le digo:
Hija mía, si vos fueras argentina hoy no tendrías que ir al colegio; pero el resto de los días de tu vida tendrías que levantarte a las 7:30 am, que en invierno en Argentina es todavía noche cerrada.
Tendrías que ir a la escuela a veces con cero grados, pisando la escarcha del pasto, y la señorita te haría formar en el patio junto a otros nenitos en estado de coma. Y todos cantarían «Alta en el cielo un águila guerrera», y sentirías el frío de mayo congelándote el purpurado cuello, y así durante los primeros doce inviernos de tu vida, hasta que te entre en el pecho la argentinidad o la pulmonía, lo que te llegue primero.
Porque ser argentino, hija mía, es sentarse en un pupitre y aprender a decir yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos durante una década entera y después salir a la calle y no decir ni «tú» ni «vosotros» nunca más en la puta vida.
Ser argentino es tomar mate los primeros cuarenta años de tu vida sin saber por qué, y tomar Uvasal los segundos cuarenta años de tu vida sin saber por qué. Ser argentino es no encontrar relación entre la mateína y la acidez.
Y a la tarde, durante la merienda del veinticinco de mayo, otra vez hablo con mi hija y le digo:
¿Qué estás comiendo hija mía? ¿Por qué no le estás poniendo dulce de leche a esa banana, a ese pan con manteca, a ese pedazo de queso, a esa torta de coco, a ese yogurt, a ese flancito?
¿Por qué no le estás poniendo dulce de leche a todo hija mía? ¿Me querés matar de un disgusto?
Ser argentino, hija, es ponerle dulce de leche a lo frío, es ponerle queso rallado a lo caliente, es ponerle limón a lo frito, es ponerle cara de asco a lo hervido. ¡Eso es ser argentino, hija mía! Andá a buscar el dulce de leche, andá, antes de que me ponga violento.
Y por las noches, cuando escuchamos canciones infantiles antes de dormir, cuando ella me pregunta «Papá, ¿por qué otra vez me ponés Manuelita?» (que es su forma de preguntar «por qué soy argentina») entonces ensayo de nuevo una respuesta y le digo:
Ahora tenés once años hija mía, pero después, un día vas a tener veinte, y entonces vas a poder descubrir las otras canciones de María Elena Walsh. No, no, no quiero decir que te vas olvidar de Manuelita o del Twist del Monoliso o de la Reina Batata, eso es imposible; las vas a tener atornilladas a la cabeza siempre y te van a hacer feliz toda la vida, quieras o no quieras, porque eso es ser argentina.
Pero más adelante, hija mía, estarás en la edad de conocer las otras canciones. Cuando seas grande será hora de que esa mujer, María Elena, deje de ser en tu cabeza la que canta cosas para chicos y empiece a ser la representación de la dignidad.
Vas a empezar por Serenata para la tierra de uno, y si la letra de esa canción te hace llorar justo en el verso que dice: «porque el idioma de infancia es un secreto entre los dos», si justo ahí empezás a llorar, y a sospechar que María Elena hablaba de vos y de mí, de un padre y de una hija, es porque entonces serás del todo argentina y para siempre.
Aunque hayas nacido en otra parte.

En la voz de patricia:

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